Lectura académica y compromiso universitario

Por : Comunicación y Eventos

Coordinación de Investigación / Mtro. Miguel Ángel Hernández Rascón 

Muchas veces hemos visto anuncios donde se fomenta la lectura casi como un compromiso social naïve, una extraña forma de etiqueta o como artefacto de un abigarrado sistema de valores. Un spot pegajoso, un figurín de la farándula y un diseño atrayente parecen ser la fórmula perfecta de una campaña exitosa para el fomento a la lectura. Pero, ¿qué clase de lectura se está fomentando? Si bien, la literatura juvenil y las novelas de amor son una excelente introducción, lo cierto es que, muchas veces, se toma este medio como un fin en sí mismo.

Y no debe malentenderse esta introducción, por el contrario, debe ser el centro del debate. En un intento desesperado por fomentar la lectura en una sociedad que no lee, no pueden reprocharse estas campañas porque a quienes se dirigen son a personas promedio que en su vida han tomado un libro, y en un “lee lo que quieras, pero lee, por favor”, lo cierto que estamos llenando de un sinsentido a la lectura. Este sinsentido se ha filtrado, más para mal que para bien, en las estructuras académicas, donde la lectura se malentiende y se confunde con una diversión. “Si no me gusta, no lo leo”. La lectura es una necesidad y, en el caso académico, es una obligación; es el único medio, a menos que funcione la telepatía o la ósmosis en un futuro cercano, para la adquisición de conocimiento: lectura y relectura; recepción, análisis e interpretación. La lectura no se debe resumir a gustos o intereses, ya que eso es limitar sus alcances prácticos. Se debe hacer lectura de comprensión para cosas fundamentales de la vida que no siempre son placenteras, como los contratos de tarjetas de crédito, los manuales para armar un equipo de sonido; los requisitos y trámites para un documento importante, la Ley de Tránsito o la misma Constitución de los Estados Unidos Mexicanos. Ninguna de estas cosas, al parecer, logra concretar en más de diez líneas ningún mexicano que se respete de serlo.

Y si bien en el ciudadano común la comprensión lectora (fomentada únicamente por el hábito) debe ser una necesidad, en alumnos de Educación Superior debe ser el eje de rotación y traslación. Las imágenes, los videos, las aplicaciones y demás “herramientas didácticas” no van a sustituir nunca a los libros especializados. Son complementos, sí, pero no son sustitutos de nada. No hay aplicación de Apple o Google que nos haga médicos ni abogados. No hay caminos fáciles, el único modo es la lectura.

Fomentar la lectura por “diversión” o por “lo que no me aburre”, es un arma de dos filos y, a mi muy personal parecer, sólo tiene cabida en la Educación Básica y Media Superior o, como se señaló primeramente, en sectores de la sociedad cuyo contacto con los libros es nulo. Pero en una institución educativa donde se forman profesionistas y profesionales debe ser un ejercicio y una disciplina que no puede ni debe soslayarse jamás. Un compromiso social verdadero, que lejos está de ser la pretensión naïve de las campañas faraduleras. ¿Debe ser placentera? Las abdominales no son placenteras en ningún sentido, ni esta vida ni en la otra, pero eso no detiene a los profesionales del deporte. El cerebro se ejercita de la misma forma.

 

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